Soy Marina. Y esta es mi historia. 🤍
No quiero que dentro de unos años recordéis cómo era aquella fotografía. Quiero que recordéis exactamente cómo os sentíais al vivirla.

Si tuviera que presentarme, probablemente lo primero que diría es que soy Marina. Pero detrás de ese nombre hay muchas cosas.
Hay una niña que creció rodeada de cámaras, fotografías, álbumes, luces y recuerdos.
Hay una hija que durante años vio a su padre, Francisco, dedicar una parte enorme de su vida a un estudio de fotografía.
Y hay una mujer que, con el tiempo, decidió coger todo aquello que había aprendido, hacerlo suyo y continuar una historia que, de alguna manera, ya formaba parte de ella mucho antes de darse cuenta.
Mi historia con la fotografía no empezó el día que decidí ser fotógrafa. Empezó mucho antes.
Empezó viendo a mi padre trabajar. Durante 13 años, él estuvo al frente del estudio. Y aunque quizás en aquel momento yo no era consciente de todo lo que significaba, crecí viendo de cerca ese mundo: personas entrando por una puerta para hacerse una fotografía y saliendo con algo que, años después, tendría un valor incalculable. Porque eso es lo bonito de la fotografía. En el momento parece simplemente una fotografía. Pero pasa el tiempo. Los niños crecen. Las personas cambian. Las familias aumentan. Los abuelos ya no están. Las parejas atraviesan etapas.
Y entonces vuelves a mirar una imagen y te das cuenta de que aquello que parecía simplemente una foto era, en realidad, un pedacito de tu vida que alguien consiguió guardar para ti.
LA RAZÓN:
"A mi me interesa lo que ocurre cuando dejamos de pensar en la cámara" — Marina Muñoz
Y creo que ahí está la razón por la que amo tanto lo que hago. Hace unos años llegó mi momento. Mi padre había construido una historia y yo decidí continuarla, pero también necesitaba encontrar mi propia manera de contarla. Así nació El Retrato de Marina. Mi forma de entender la fotografía. Mi manera de mirar. Mi manera de sentir. Mi manera de contar las historias de otras personas. Porque para mí hacer fotografías nunca ha consistido únicamente en colocar a alguien delante de una cámara y decirle dónde tiene que mirar. A mí me interesa lo que ocurre cuando dejamos de pensar en la cámara. Me interesa la risa que sale sin avisar, la mirada de una pareja cuando se olvida de que estoy allí, la forma en la que una madre acaricia la barriga mientras espera a su bebé, un padre mirando a su hijo, un niño riéndose con sus padres, un abrazo que dura un poquito más, una mano que busca otra, una lágrima, una carcajada, una mirada, un gesto pequeño que quizá nadie más habría visto.
Eso es lo que quiero fotografiar. Lo que no se puede posar. Lo que no se puede repetir. Lo que ocurre solamente una vez.
Por eso me gustan tanto las sesiones de pareja y de familia. Porque detrás de cada persona hay una historia y detrás de cada familia existe una forma diferente de quererse. Y yo quiero encontrarla. Quiero que cuando veáis vuestras fotografías dentro de 10, 20 o 30 años no penséis solamente: “Qué guapos estábamos.” Quiero que penséis: “Dios… qué felices éramos.” Quiero que podáis volver a sentir aquel abrazo, aquel embarazo, aquel verano, aquel momento en el que vuestros hijos todavía eran pequeños, aquel día en el que os mirabais exactamente así. Porque el tiempo tiene una cosa preciosa y cruel a la vez: no podemos detenerlo. Pero podemos guardar pedacitos de él. Y eso es lo que siento que hago cada vez que levanto mi cámara. Guardo pedacitos de vida. También soy una persona muy exigente conmigo misma. Me gusta cuidar los detalles. La luz, los colores, el lugar, los vestuarios, la composición… pero sobre todo me importa que la fotografía tenga algo dentro. No quiero hacer fotografías bonitas y vacías. Quiero hacer fotografías que os hagan sentir.